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Garífunas_3

 Matriarcas garífunas:

 

Nana

Por Roberto Williams, 2007

Las velas alumbraban la imagen del Cristo Negro. En el altar también habían collares multicolores y sombreritos de los que colgaban pelotitas de hilo. Eran recuerdos hechos por los mayas del vecino país de Guatemala. Al lado de las reliquias estaba Nana. Todos entraban, se persignaban y luego saludaban con reverencia a la octogenaria. Cada 15 de enero, gente de todos los alrededores venía a celebrar a la aldea a su santo patrón el Señor de Esquipulas. Los ritos sagrados eran en la sala de la casa de doña Bernarda Martínez Ellis de Máximo. Los bailes y el jolgorio eran en el salón de la aldea.

Nana era como una estatua hecha de tierra. Sus ojos se miraban tristes porque eran rasgados hacia abajo. Ella tenía unos hermosos pómulos redondos. Su cabeza estaba siempre cubierta por un paño. Sus trenzas se asomaban apenas como queriéndose meter por los aretes que guindaban de sus delgadas orejas. Era muy esbelta, larga, vertical. Su blusa era siempre de algodón con bordados a su alrededor. Sobre su pecho descansaban rojos corales. Su falda cubría sus tobillos. Sus pies eran delgados pero muy hermosos.

Las mujeres del pueblo platicaban con ella y callaban. Los hombres le tenían mucho respeto. Nana nunca aprendió a leer ni escribir pero era sabia. Ella sabía de remedios y consejos. A las jóvenes les decía, “fíjense con quien se meten porque después los hijos resultan con mañas que ustedes no tienen.” Mucho tiempo hubo que transcurrir para que los científicos corroboraran que en realidad los rasgos en la personalidad se heredan. Nana Beri, como le decían, siempre comía pescado y estaba muy saludable. Hoy, los mejores médicos dicen que el Omega 3 en el aceite de pescado es muy bueno para la salud. Nana duró 104 años. Cuando ella tenía casi 90 años, se agachaba sin doblar las rodillas para arrancar la mala hierba en su patio.

Una cosa curiosa en doña Bernarda era que ella nunca hablaba ni inglés ni español. Se acercaba a los niños y les preguntaba “¿ida biangui?” Ella sonreía y luego se marchaba. Para comunicarse con ella era necesario hacerlo en su lengua favorita. Nana siempre hablaba de Yurumei la tierra de sus ancestros allá por el Orinoco. Ella era caribe negra ó garifuna. Creo que estaba más resentida con los ingleses que con los españoles. Los británicos vinieron a botar a sus abuelos a Honduras en 1797. Esto sucedió como consecuencia de la guerra entre caribes e ingleses en la Isla de San Vicente.

Un día me di cuenta que mi bisabuela Nana había venido a mi pueblo. Preparé a su tataranieta y se la llevé para que la conociera. Nana estaba sentada en la cama mientras que mi tía abuela Damasia le peinaba los cabellos. Doña Bernarda tenía mucho cabello y pocas canas. Ella nos miró y luego me preguntó, “¿Cómo un muchacho como tú puede ya tener hijos?” Mi tía Damasia le explicó que yo ya no era un niño. Me llevé tremenda sorpresa. Hasta ese momento, después de tantos años, me di cuenta que Nana hablaba español.

Siempre guardo entre mis recuerdos el altar, las reliquias, las velas, el incienso, y las manos de Nana deslizando las camándulas de su rosario. Ella fue una mujer sencilla y muy realista. Antes de marcharse de este mundo, ella escogió su mortaja y su féretro. Nana fue una mujer muy valiente.

 

 

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